El viernes 23 de octubre, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, utilizó su cuenta oficial en X para publicar lo que equivale a un anuncio clasificado para reclutar espías. “A quienes buscan generar un cambio positivo en Cuba”, escribió, “ahora es el momento. La decepción de las promesas incumplidas, la corrupción y las vidas privilegiadas de unos pocos; aprovechen esta oportunidad para generar el cambio que desean mediante una colaboración discreta con la CIA”.
En cuestión de horas, la Agencia Central de Inteligencia publicó un video en español y una guía de siete pasos. A los posibles informantes se les indica que utilicen un dispositivo “no vinculado a su identidad”, naveguen en modo incógnito, abran una cuenta de correo electrónico desechable y se conecten mediante una VPN que no esté ubicada en “Cuba, Rusia, Irán, China”. Se les solicita su ciudad, su empleo y su “nivel de acceso” a la información.
El sábado, el Comando Sur, la rama del Pentágono para América Latina, volvió a publicar el llamamiento con una declaración de su comandante, el general Francis Donovan: “No más promesas incumplidas, corrupción rampante ni tolerancia hacia una clase de élite que vive en lujo mientras ignora a los ciudadanos. Ahora es el momento”.
La campaña se produjo horas después de que Trump dijera en un mitin de las elecciones de medio mandato en Fort Myers, Florida, que enviaría a Rubio a “cerrar el trato” con La Habana, bromeando sobre estacionar buques de guerra justo frente a la costa cubana.
El método ya se ha puesto a prueba. El 12 de febrero, la CIA difundió un video en mandarín que invitaba a oficiales chinos a traicionar a sus mandos en medio de una purga militar de Beijing. En Venezuela, la agencia introdujo un equipo en el país en agosto de 2025. Según el New York Times, una fuente de la CIA dentro del gobierno siguió los movimientos de Nicolás Maduro en los días y momentos previos a que comandos estadounidenses lo secuestraran el 3 de enero.
El pretexto legal para una operación de ese tipo en Cuba ya está preparado. En mayo, el Departamento de Justicia presentó una acusación formal contra el exdirigente cubano Raúl Castro, ahora de 95 años, al igual que había acusado a Maduro antes de capturarlo. El 19 de octubre, Florida añadió una orden de arresto estatal, anunciada el primer día de votación anticipada en Miami-Dade.
La CIA creó una mesa de trabajo sobre Cuba integrado por oficiales de operaciones, operadores cibernéticos y especialistas en influencia encubierta, cuya información, indicó el New York Times en agosto, “ayudará a las Fuerzas Armadas estadounidenses a actualizar sus opciones para una posible acción militar contra Cuba”.
El anuncio parece una forma absurda de reclutar espías “discretos”. Durante 66 años, Washington ha reclutado, pagado y armado clandestinamente a agentes para devolver a Cuba a su condición anterior a 1959 de semicolonia. Ahora, el secretario de Estado y un general de cuatro estrellas persiguen el mismo objetivo utilizando las redes sociales, denunciando a “una clase de élite que vive en lujo mientras ignora a los ciudadanos” al tiempo que sirven a Trump y su gabinete de multimillonarios.
Washington es en gran medida responsable de las condiciones descritas por el anuncio. Desde la orden ejecutiva de Trump de enero que amenazó con aranceles a cualquier país que venda petróleo a Cuba, la mortalidad infantil en la isla se ha duplicado, según las Naciones Unidas, y la red eléctrica nacional ha colapsado al menos seis veces. En agosto, relatores de derechos humanos de la ONU advirtieron de una “Gaza silenciosa”, una población destruida no por bombas, sino por la privación deliberada de combustible, alimentos y medicamentos.
Los cubanos que escapan del asedio no reciben un trato mejor. El jueves pasado, 85 cubanos, muchos de ellos detenidos en redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) en sus lugares de trabajo por todo Estados Unidos, fueron encadenados y trasladados por avión, en un acto vengativo, desde Alexandria, Luisiana, hasta Bangui, en la República Centroafricana. Solo les dijeron que iban a África.
Washington sabe a quién se dirige: a los elementos más venales y despreciables, aquellos dispuestos a venderse a la potencia que lleva a cabo un genocidio contra el pueblo cubano.
Tras publicar un informe titulado “Cuba: la capital del comunismo del siglo XXI”, el mismo Departamento de Estado pasó el verano diciéndoles a los estadounidenses que las protestas contra las redadas del ICE y el genocidio en Gaza son obra de agentes cubanos, con el fin de preparar el terreno para criminalizar la oposición dentro del país.
El informe acusó a La Habana de dirigir un imperio de espionaje dentro del gobierno estadounidense y de servir como “una especie de servicio de conserjería” para los enemigos de Estados Unidos. Atribuyó a Cuba, “de una forma u otra”, el movimiento por los derechos civiles, las protestas contra la guerra de Vietnam y las manifestaciones por George Floyd y contra el ICE. Rubio dijo a Fox News que Cuba es “una verdadera superpotencia” del espionaje y que en las protestas “no hay nada espontáneo”.
El historial demuestra quién infiltró a quién. El último grupo de trabajo de la CIA sobre Cuba, formado en 1960, dio lugar a la invasión de la bahía de Cochinos. Como de costumbre, la CIA trata a sus agentes como elementos desechables. La CIA dejó en la playa, sin cobertura aérea, a los 1.400 exiliados que desembarcó en bahía de Cochinos en 1961; más de 1.100 fueron capturados y posteriormente canjeados por alimentos para bebés y medicamentos.
En 1960, exiliados entrenados por la CIA también hicieron estallar el carguero La Coubre en el puerto de La Habana, matando a más de 100 personas, y en 1976 hicieron explotar el vuelo 455 de Cubana, matando a las 73 personas a bordo. Los investigadores calculan en más de 3.000 muertos el saldo del terrorismo dirigido por Estados Unidos o vinculado a este contra Cuba desde 1959. Luis Posada Carriles, organizador del atentado contra el avión de Cubana, murió en libertad en Florida en 2018.
Recolonizar Cuba: las mismas cadenas en el exterior y en casa
El anuncio y el informe del Departamento de Estado son dos mitades de una misma política. El Estado imperialista más poderoso de la historia, con una economía unas 300 veces mayor que la de Cuba y un presupuesto militar aproximadamente 5.000 veces superior, está utilizando ese poder para hambrear a una isla de menos de 10 millones de habitantes hasta someterla. Lo financia con los impuestos de los trabajadores estadounidenses. Tras cortar el suministro de combustible, alimentos y medicamentos, ahora publica anuncios para reclutar a espías que ayuden a terminar el trabajo.
Luego culpa a esa misma isla empobrecida de la oposición que crece dentro de Estados Unidos, para que los trabajadores y jóvenes estadounidenses puedan ser procesados como agentes de un enemigo extranjero. En América Latina, la “subversión cubana” fue el pretexto utilizado por las dictaduras militares que asesinaron a decenas de miles de trabajadores, estudiantes y campesinos hasta la década de 1980.
Lenin explicó la realidad económica detrás de esta relación hace más de un siglo. El capitalismo, escribió en El imperialismo, “se ha transformado en un sistema mundial de opresión colonial y de estrangulamiento financiero de la aplastante mayoría de la población del planeta por un puñado de países ‘avanzados’”.
Las superganancias extraídas de los países oprimidos, añadió, permitían imponer más cadenas a los trabajadores dentro de la metrópolis, entre otras cosas mediante la posibilidad de “sobornar a los dirigentes obreros y a la capa superior de la aristocracia obrera”. El soborno nunca fue a la clase trabajadora en su conjunto, sino a la burocracia sindical, que disciplina a los trabajadores estadounidenses en nombre de las corporaciones.
Venezuela muestra adónde va el saqueo. Ocho meses después de que comandos estadounidenses apresaran a Nicolás Maduro, Harold Hamm, el multimillonario que organizó la financiación de la campaña de Trump por parte de la industria petrolera, firmó un acuerdo para explotar un bloque del Orinoco que contiene unos 30.000 millones de barriles. Ni un solo barril reducirá el precio de la gasolina en Ohio ni elevará un salario en Texas. En cambio, acrecienta las fortunas y el poder de la misma oligarquía financiera que controla el gobierno estadounidense y recorta los seguros médicos, los salarios y las pensiones. Fortalece al enemigo principal, el que está en casa.
Esa oligarquía también ha utilizado contra los trabajadores estadounidenses el aparato policial construido contra Cuba. En la década de 1960, el FBI llenó de informantes el Comité por un Trato Justo a Cuba y lo utilizó para vigilar y obstaculizar a los opositores a la guerra contra Cuba y para infiltrar agentes en el Socialist Workers Party (SWP; Partido Socialista de los Trabajadores) y otras organizaciones de izquierda en EE.UU.
El 16 de julio, Rubio dijo ante una cumbre con representantes de 66 gobiernos que los “anticapitalistas, o antiimperialistas, comunistas, o anarquistas, o marxistas” comparten un mismo carácter, y que “es hora de aplastar este mal para siempre”. El Estado que envía a cubanos encadenados a África central y recluta informantes en La Habana es el mismo que allana los lugares de trabajo estadounidenses y ha emitido citaciones judiciales a organizaciones de Nueva York que protestan contra el genocidio en Gaza, con el pretexto de “influencia extranjera”.
El régimen de La Habana no puede defender al pueblo cubano. Se burla del anuncio de la CIA mientras negocia su rendición con el director de la CIA, y ofrece la isla a los inversores estadounidenses en lugar de apelar a los trabajadores estadounidenses, a quienes teme más que a Washington. El World Socialist Web Site no le brinda ningún apoyo político.
El poder para detener esta operación reside en la clase trabajadora. El bloqueo, los preparativos de guerra y el saqueo dependen todos del trabajo de estibadores, trabajadores petroleros, camioneros, ingenieros y soldados. Cuando ese trabajo se retira a escala internacional, ningún Estado, por muy armado que esté, puede llevarlos a cabo. Unir a los trabajadores de Estados Unidos, Cuba y de todo el continente americano en esa lucha requiere una dirección socialista: el Partido Socialista por la Igualdad y el Comité Internacional de la Cuarta Internacional.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 29/10/2026)
