Español

El programa “Los trabajadores merecen más” de la DSA: “socialismo” para la clase media privilegiada

Amplios sectores de trabajadores y jóvenes se están moviendo hacia la izquierda en Estados Unidos. La obscena concentración de la riqueza, el ataque del estado policial contra los inmigrantes, la guerra en el Medio Oriente y Europa del Este, el genocidio en Gaza, el ataque a los programas sociales y al nivel de vida, y la sensación palpable de que el orden existente no ofrece ningún futuro están alimentando un crecimiento de la lucha de clases y empujando a millones de personas a buscar una alternativa al capitalismo.

Miembros de la DSA frente al Ayuntamiento de Milwaukee durante la manifestación “Power to the People” el 24 de junio de 2026. [Photo by 7pej / CC BY-SA 4.0]

Los Socialistas Democráticos de Estados Unidos (la DSA) se benefician de la etapa inicial de esta radicalización. Su número de miembros ha aumentado a 120.000, y sus candidatos han ganado una serie de elecciones primarias del Partido Demócrata. Al mismo tiempo, la contradicción entre las pretensiones socialistas de la DSA y el contenido proimperialista y procapitalista de su política se hace cada vez más evidente a medida que aumentan sus éxitos electorales.

Este es el contexto en el que la DSA celebró su “Cumbre Socialista” a fines de julio, para la cual publicó su programa, titulado “¡Los trabajadores merecen más!”. Tanto el programa como el evento ponen de relieve el carácter y la función reformistas y antisocialistas de la DSA. Definen una tendencia política cuyo “socialismo” expresa los intereses no de la clase trabajadora, sino de sectores privilegiados de la clase media. La DSA está dirigida por capas sociales que no buscan el derrocamiento de la oligarquía corporativo-financiera, sino más bien una mayor participación para sí mismas de la riqueza extraída del trabajo de la clase trabajadora, al tiempo que canalizan la oposición hacia el Partido Demócrata.

Un programa que oculta la realidad

El programa de la DSA encarna el carácter totalmente pragmático, anticientífico y ahistórico de su política. Una entrevista sobre el programa con uno de sus autores, publicada en agosto por Democratic Left, el sitio web oficial de la DSA, resumió la actitud frívola que adopta la organización ante las cuestiones de programa y principios. Al referirse a “Los trabajadores merecen más”, el entrevistado dijo: “No le dedicamos mucho esfuerzo porque era más bien un folleto que acompañaba a muchas otras campañas políticas que un programa en sí mismo”.

El documento comienza con unas cuantas frases bajo el título: “Imagina tomarte un día libre del trabajo en un futuro sin capitalismo”. En su mayor parte, el resto del programa consiste en listas de demandas, sobre las cuales hablaremos más adelante.

Lo que más llama la atención, sin embargo, es la ausencia de cualquier análisis del mundo objetivo. Las fuerzas, los procesos y las contradicciones subyacentes —económicas, sociales, históricas, geopolíticas— que impulsan la situación política actual son un misterio para los autores del documento. Prácticamente no se menciona la guerra global en expansión, el rasgo dominante de la crisis actual. Apenas se menciona a Irán, y a Ucrania no se la menciona en absoluto. De hecho, la DSA apoya la guerra por poder de EE. UU. y la OTAN contra Rusia.

No hay ningún análisis de la situación económica que enfrenta el capitalismo estadounidense y mundial, centrado en el declive histórico de la posición económica global del capitalismo estadounidense, que subyace al giro de Washington hacia la guerra militar y la guerra comercial. No se aborda el ascenso de la oligarquía financiera ni la concentración de riqueza sin precedentes históricos en manos de una pequeña camarilla de multimillonarios. El nombre de “Trump” —el líder fascista de la oligarquía— no aparece.

No se presta atención al colapso de las formas democráticas de gobierno y al giro de la clase dominante hacia la dictadura y el fascismo, un fenómeno internacional que encuentra una expresión aguda en el centro del capitalismo mundial en forma de la administración de Trump. Su ataque a la Constitución y la instauración de un estado policial cuentan con la complicidad del Partido Demócrata, del cual forma parte la DSA. Junto con el resto de los demócratas, la DSA siembra la complacencia y desarma políticamente a la clase trabajadora ante esta amenaza, a la que solo se puede hacer frente mediante la movilización independiente de la clase trabajadora en la lucha revolucionaria contra el capitalismo.

No se aborda el significado ni las implicaciones de los avances revolucionarios en tecnología —en particular, la inteligencia artificial—.

El programa es nacionalista. La DSA separa la crisis en Estados Unidos de la crisis global de la que forma parte integral, lo que facilita así la estrategia de la clase dominante y sus agentes en la burocracia sindical para dividir a la clase trabajadora según criterios nacionales y étnicos.

El programa no dice nada sobre la traición de los aparatos sindicales, que desempeñan un papel central en la represión de las luchas de los trabajadores y en el apoyo a los crímenes globales del imperialismo estadounidense. La DSA se opone a la construcción de nuevos órganos de lucha de la clase trabajadora que luchen por derrocar a la burocracia sindical y unificar a los trabajadores a nivel internacional. Ocupa puestos de liderazgo en la burocracia de sindicatos como el Sindicato de Trabajadores Automotores (United Auto Workers), la Federación Estadounidense de Maestros (American Federation of Teachers) y otros.

Sobre todo, no hay ningún análisis de la lucha de clases, ni en Estados Unidos ni a nivel internacional. El programa no reconoce que la clase trabajadora tenga ningún papel independiente —y mucho menos revolucionario—. No menciona la creciente ola de huelgas en Estados Unidos y en todo el mundo. Tampoco alude a las protestas masivas en Estados Unidos contra la Gestapo migratoria del ICE y el ataque de Trump a los derechos democráticos.

No hay crisis del capitalismo

En el preámbulo de su lista de demandas, la DSA escribe: “El mundo está sumido en el caos, pero para los patrones, todo va según lo planeado”. En otras palabras, no hay crisis del sistema capitalista. La clase dominante tiene todo bajo control. Partiendo de esa perspectiva, ¿cómo se van a hacer realidad las demandas de reforma que figuran en el programa, por no hablar del establecimiento del socialismo? Marx dijo que la lucha de clases era el motor de la historia. La DSA rechaza esta concepción fundamental. Es hostil a la lucha de clases.

El programa nunca aborda la cuestión de cómo se lograrán las reformas propuestas, argumentando por defecto que las personas “malas” que dirigen el sistema político deben ser reemplazadas por demócratas “buenos” y “progresistas” —una noción absurda que se contradice con el apoyo del Partido Demócrata a la guerra en el extranjero y a la austeridad y la represión en el país.

El programa no hace mención alguna a la experiencia de los primeros ocho meses de la administración del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, el miembro de la DSA que llegó al poder gracias a sus promesas de luchar contra el establishment del Partido Demócrata, promulgar importantes reformas sociales y controlar a la policía.

En todo momento, la oligarquía financiera ha hecho chasquear el látigo y Mamdani ha acatado sus órdenes. No solo se ha solidarizado con el establishment del Partido Demócrata, declarando su apoyo a la gobernadora Hochul y al líder de la minoría en la Cámara de Representantes, Jeffries, sino que se ha reunido con Trump en el Despacho Oval en dos ocasiones, promocionando su “alianza”.

Se ha enfrentado cada vez más a la clase trabajadora de Nueva York, al implementar medidas de austeridad para recortar el déficit presupuestario de la ciudad, apoyar la operación de rompehuelgas de la gobernadora Hochul contra la huelga de enfermeras del pasado enero, promover el uso de autobuses especiales para debilitar la huelga del Ferrocarril de Long Island, despedir a trabajadores municipales haitianos después de que Trump les quitara su Estatus de Protección Temporal, intentando bloquear una bonificación única de 10.000 dólares para los auxiliares escolares paraprofesionales en situación de pobreza y defendiendo la cruel Ley Taylor contra las huelgas. La semana pasada elogió al Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York a pocas horas de que la policía matara a tiros a dos neoyorquinos con trastornos mentales.

Aunque denuncia a los republicanos, quienes “avivan el odio entre la clase trabajadora”, el programa presenta al Partido Demócrata como “dormido al volante”. Esto es apologética disfrazada de crítica. Según la DSA, los demócratas no son cómplices de los republicanos ni agentes de la misma oligarquía. Simplemente están distraídos. Es necesario despertar al Partido Demócrata —presumiblemente gracias a personas como Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez y Abdul el-Sayed.

Política identitaria

El programa promueve la política racial e identitaria. Este es el recurso habitual del Partido Demócrata para dividir a la clase trabajadora y promover a un reducido grupo de minorías y mujeres a puestos lucrativos de poder dentro del aparato estatal, los sindicatos, el ámbito académico, los medios de comunicación y las juntas directivas de las empresas.

Las demandas del programa incluyen el “feminismo para todos”. Particularmente significativa es su exigencia de “terminar la reconstrucción”.

Esto se refiere al breve período posterior a la Guerra Civil, cuando la burguesía emergente buscó bloquear los esfuerzos de la esclavocracia derrotada en el Sur por imponer un apartheid racial a los esclavos liberados. Detrás del llamado a “terminar la reconstrucción” se encuentra la concepción de que la revolución democrática en Estados Unidos no terminó con la Revolución Americana y la Guerra Civil, y que la próxima revolución en EE. UU. será democrática, no socialista.

Esta teoría, promovida especialmente por los académicos partidarios del estalinismo, sienta las bases ideológicas para la política del “frente popular” en la que la clase trabajadora queda subordinada a sectores “progresistas” de la burguesía; es decir, a Roosevelt en la década de 1930 y a los “progresistas” del Partido Demócrata como Sanders, Ocasio-Cortez y el-Sayed en la actualidad.

También justifica las políticas racistas, como se ve en la exigencia de reparaciones que incluye el programa. En un contexto de ataque frontal a las reformas sociales del pasado —incluidos los programas básicos de protección social, desde Medicaid y los cupones de alimentos hasta Medicare y el Seguro Social—, el llamado a otorgar pagos a un sector de la población basándose en la raza le hace el juego a la clase dominante y a su estrategia de dividir a la clase trabajadora.

La política de identidad es un arma de la clase dominante. No es un complemento del marxismo, una lente adicional junto a la clase a través de la cual observar la opresión. Es un sustituto del marxismo. La DSA no “también aborda” la raza y el género junto con la clase. Eleva la raza y el género para negar que las divisiones fundamentales en la sociedad son las de clase. Esta es la expresión ideológica de la hostilidad de la clase media hacia la política de clases y hacia la propia clase trabajadora.

La posición socialista genuina aboga por la unidad más estrecha y plena de la clase trabajadora, más allá de todas las divisiones nacionales, étnicas, raciales y de género, en la lucha por la igualdad social y la garantía de la atención médica, la vivienda, la educación y todas las demás necesidades sociales. Esto se logrará mediante la expropiación, por parte de la clase trabajadora, de la oligarquía financiera y la propiedad pública de los medios de producción —industrias, tecnologías como la inteligencia artificial, bancos— bajo control democrático, a través del derrocamiento del Estado capitalista y el establecimiento de un Estado obrero.

Preservar el Estado capitalista y la política exterior proimperialista

La sección titulada “Política exterior de la clase trabajadora” incluye cuatro puntos: “Acabar con la maquinaria bélica de EE. UU.”, “Liberar a Palestina”, “Acabar con los bloqueos, embargos y sanciones” y “Abolir el ICE”. En ninguno de ellos se hace ni siquiera una mención a Ucrania, Rusia, la OTAN, China o el peligro de una guerra mundial. La palabra “imperialismo” nunca aparece.

El programa exige el fin de la “guerra económica contra países cuyos gobiernos actúan de manera independiente de Estados Unidos, como Cuba, Venezuela e Irán”. Es significativo que no se mencione a Rusia ni a China —los dos países que están en el centro de la campaña del imperialismo estadounidense por la hegemonía global—. La DSA define erróneamente a estos países como “imperialistas” y apoya la campaña de Washington para desmantelarlos y apoderarse de sus recursos naturales y rutas comerciales.

Bajo el título “Democracia de la clase trabajadora”, el programa exige la abolición del Colegio Electoral y del Senado, y la sustitución “del presidente y de la Corte Suprema por un poder ejecutivo y un poder judicial elegidos por el Congreso y subordinados a él”.

No se menciona la instauración de un marco de Estado policial bajo el mandato de Trump ni la complicidad de los demócratas.

Esto se presenta como un programa radical, pero es un programa para la reforma del diseño institucional del Estado burgués, más que para su derrocamiento. La DSA no exige el desmantelamiento del Estado capitalista ni su reemplazo por órganos del poder obrero.

La posición marxista es que el Estado capitalista es un instrumento de dominio de clase, no un mecanismo neutral que se sitúe por encima de la lucha de clases. El programa de la DSA dejaría el ejército, la policía y el aparato de inteligencia completamente intactos.

Las propuestas más radicales del documento programático, incluida la transformación de las corporaciones en servicios públicos, se describen en la entrevista de Democratic Left como “cosas del horizonte futuro”; en otras palabras, cosas que podrían concretarse en un futuro lejano. En una reciente entrevista con el New York Times, Bhashar Sunkara, uno de los fundadores de Jacobin, dijo que tales cambios “podrían tardar siglos en implementarse”, y agregó que se sentía “perfectamente cómodo sentarse a esperar”.

Una historia de anticomunismo

El programa de la DSA no hace referencia ni evalúa la historia y las lecciones de la lucha por el socialismo a lo largo de los últimos dos siglos. No dice nada sobre las lecciones del frente popular ni sobre la traición del estalinismo. Habla como si el socialismo fuera una idea nueva, inventada recientemente, sin un historial de victorias y derrotas, sin conocimiento teórico acumulado, sin tradición que defender o traicionar.

Se niega a discutir su propia historia, porque la historia de la DSA es una historia de anticomunismo. El linaje político se remonta directamente a Max Shachtman, quien se separó del movimiento trotskista en 1940 y para 1961 ya apoyaba públicamente la invasión de Cuba en la Bahía de Cochinos, pasando por Michael Harrington, quien pasó las décadas de la posguerra integrándose en el aparato anticomunista de la burocracia de la AFL-CIO y en la órbita del Departamento de Estado.

La doctrina estratégica de Harrington era el “realineamiento”, es decir, la disolución de la política socialista independiente en el Partido Demócrata, resumida en su fórmula de buscar “el ala izquierda de lo posible”. La DSA se fundó en 1982 como una fusión del Comité Organizador Socialista Democrático de Harrington con un remanente de la Nueva Izquierda. Toda su historia ha consistido en subordinar cada movimiento de trabajadores y jóvenes al Partido Demócrata, oponerse a la independencia política de la clase trabajadora y proporcionar una fachada “de izquierda” al imperialismo estadounidense.

La clase trabajadora internacional ha tenido una amarga experiencia con organizaciones de este tipo. Syriza en Grecia prometió acabar con la austeridad y capituló ante la Troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo, Fondo Monetario Internacional) en cuestión de meses. Podemos en España surgió en una ola de oposición y se convirtió en un puntal del establishment español. El liderazgo de Jeremy Corbyn al frente del Partido Laborista británico terminó con el apoyo incondicional del partido a la OTAN y al sionismo. La DSA es la variante estadounidense de la misma especie política, y correrá la misma suerte.

La DSA está tendiendo una trampa a cientos de miles de trabajadores y jóvenes que buscan genuinamente una forma de luchar contra la oligarquía, la guerra y la dictadura. El peligro es que, a falta de la construcción de una genuina dirección socialista y revolucionaria en la clase trabajadora, el descrédito del socialismo por parte de la DSA beneficie a la derecha fascista. La historia ha demostrado a dónde conduce la traición a las expectativas de las masas. Bernie Sanders prometió una “revolución política” y luego dio su apoyo al establishment del Partido Demócrata, contribuyendo a crear las condiciones políticas para el ascenso de Trump.

Lo que se requiere es el rechazo total al Partido Demócrata y a ambos partidos del capitalismo. La clase trabajadora debe establecer su independencia política rompiendo con ambos partidos capitalistas y con todo el marco de la política burguesa. El Estado capitalista, un instrumento de dominio de clase que no puede reformarse, debe desmantelarse y sustituirse por un Estado obrero, basado en órganos democráticos del poder obrero. Las luchas de los trabajadores estadounidenses deben unificarse con las de los trabajadores a nivel internacional contra el imperialismo y la guerra.

La cuestión decisiva es la construcción de una dirección revolucionaria en la clase trabajadora, armada con un programa socialista e internacionalista, es decir, trotskista. El Partido Socialista por la Igualdad y el Comité Internacional de la Cuarta Internacional están construyendo esa dirección. Instamos a los trabajadores y a la juventud que buscan una forma de luchar, que comprenden que el socialismo es una necesidad histórica, a unirse al PSI.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 13 de septiembre de 2026)

Loading