Un cuarto de siglo después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, los sucesos de aquel día han pasado, para muchos, de la memoria a la historia. Aproximadamente uno de cada tres estadounidenses vivos hoy nació después de los atentados.
Con esto, la tarea de los apologistas del imperialismo estadounidense ha pasado de la propaganda al revisionismo histórico. El consejo editorial del New York Times, hablando en nombre del Partido Demócrata, emprendió este sucio negocio en un editorial publicado el viernes. “En este 25º aniversario... pedimos que Estados Unidos enfrente los errores que cometió”, escribió.
Los “errores” que nombra son la invasión de Irak en 2003, la tortura de prisioneros y la vigilancia masiva sin orden judicial de los estadounidenses, que “claramente fue demasiado lejos”. “El principal legado de la respuesta de Estados Unidos”, escribió el New York Times, consiste en “dos guerras largas y sangrientas —una de ellas, en Irak, iniciada bajo pretextos falsos— que, en su mayor parte, debilitaron a Estados Unidos, tanto en el país como en el exterior”.
El Times nombra a “Estados Unidos” como sujeto de estos “errores”, con el fin de absolver a cualquier actor de responsabilidad específica. Al disolverse todo en la nación como un todo, no se le puede asignar responsabilidad a nadie, ni mucho menos responsabilidad penal.
La frase “se cometieron errores” se hizo tristemente célebre gracias al presidente Ronald Reagan, quien la usó en su discurso sobre el Estado de la Unión del 27 de enero de 1987, para encubrir el escándalo Irán-Contra, la venta secreta de armas a Irán para financiar a la Contra nicaragüense: “se cometieron graves errores al intentar hacerlo”. La Contra, una fuerza organizada y armada por la CIA contra el gobierno sandinista de Nicaragua, mató, torturó y secuestró a civiles, como documentó Americas Watch en 1984 y 1985, y la Corte Internacional de Justicia dictaminó, el 27 de junio de 1986, que Estados Unidos había violado el derecho internacional al armarla y financiarla.
Al igual que con la declaración de Reagan sobre el escándalo Irán-Contra, el Times habla de “errores” en un esfuerzo por desviar la atención del hecho de que justificó y alentó tanto las guerras criminales de agresión como los ataques generalizados contra los derechos constitucionales fundamentales del pueblo estadounidense. Sus páginas editoriales justificaron estas acciones, y su sección de noticias publicó las mentiras usadas para venderle al público estos “errores”.
El Times desempeñó el papel protagónico en justificar y promover la criminal invasión de Irak en 2003. El 8 de septiembre de 2002, la nota principal del periódico fue escrita por los reporteros Michael R. Gordon y Judith Miller, bajo el titular “EE.UU. dice que Hussein intensifica la búsqueda de piezas para la bomba atómica”. Informaron que Irak “ha buscado comprar miles de tubos de aluminio especialmente diseñados”, que funcionarios estadounidenses creían que eran componentes de centrifugadoras. Añadió: “La primera señal de una 'prueba irrefutable', argumentan, podría ser un hongo nuclear”.
Esa misma mañana, el vicepresidente Dick Cheney le dijo a Meet the Press, de NBC: “Hay una nota en el New York Times esta mañana”, y la citó como prueba de que el presidente iraquí, Sadam Hussein, buscaba tubos para una centrifugadora. La administración le suministró la afirmación al Times, y luego señaló al Times como confirmación.
El 26 de mayo de 2004, en una nota de los editores titulada “El Times e Irak”, el periódico admitió una cobertura “que no fue tan rigurosa como debería haber sido”, notas que dependían de “informantes, desertores y exiliados iraquíes empeñados en el 'cambio de régimen'“, y editores “quizás demasiado empeñados en apresurar primicias hacia el diario”.
El consejo editorial abogó abiertamente por la invasión de Irak, una guerra criminal de agresión, dándole crédito a “evidencia” que sabía basada en mentiras. El 6 de febrero de 2003, calificó la presentación del secretario de Estado, Colin Powell, ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, como “el caso más contundente hasta la fecha de que Sadam Hussein desafía las resoluciones del Consejo de Seguridad” y “un caso sobrio y factual contra el régimen del señor Hussein”. Estados Unidos invadió seis semanas después.
La “guerra contra el terrorismo” estuvo acompañada de un asalto frontal contra los derechos democráticos, del cual la tortura sistemática e ilegal de prisioneros fue uno de los aspectos más atroces.
La administración del presidente George W. Bush construyó una red de prisiones secretas de la CIA en el exterior, y torturó a los hombres que retenía allí, y en agosto de 2002 hizo que el Departamento de Justicia redactara memorandos que declaraban legal la tortura. El Comité de Inteligencia del Senado informó, el 9 de diciembre de 2014, que la CIA retuvo al menos a 119 hombres en estas prisiones, sometió a prisioneros al submarino, los mantuvo despiertos hasta 180 horas en posiciones de tensión, y encadenó a uno de ellos, parcialmente desnudo, a un piso de concreto hasta que murió, presuntamente de hipotermia.
Hoy, el consejo editorial del Times admite que Estados Unidos “torturó a prisioneros”. Pero de 2004 a 2014, el periódico se negó, consciente, deliberadamente y como una cuestión declarada de política editorial, a usar la palabra “tortura” para describir los criminales abusos contra los derechos humanos de la administración Bush, y su revista dominical justificó abiertamente las políticas de la administración.
El 28 de abril de 2004, CBS transmitió fotografías tomadas por soldados estadounidenses en la prisión de Abu Ghraib, en Irak. Mostraban a prisioneros iraquíes encapuchados, apilados desnudos en forma de pirámide, sostenidos con una correa, y obligados a pararse sobre una caja con cables sujetos al cuerpo, mientras soldados estadounidenses posaban a su lado.
Cuatro días después, el 2 de mayo de 2004, la revista New York Times Magazine abogó abiertamente por los métodos que se negaba a llamar tortura, en un ensayo, “Males menores”, de Michael Ignatieff, profesor de Harvard y luego líder del Partido Liberal de Canadá: “Para derrotar al mal, quizás debamos traficar con males: la detención indefinida de sospechosos, los interrogatorios coercitivos, los asesinatos selectivos, incluso la guerra preventiva. Estos son males porque cada uno se aparta del derecho nacional e internacional, y porque matan a personas o las privan de la libertad sin el debido proceso”.
Durante una década, el Times describió el submarino y los demás métodos, en sus páginas de noticias, como métodos de interrogatorio “duros” o “brutales”. Adoptó la palabra “tortura” recién el 7 de agosto de 2014, después de que el Departamento de Justicia, bajo Bush y Obama, hubiera descartado procesar a nadie. El director ejecutivo, Dean Baquet, explicó ese día que el Times había “evitado una etiqueta” de “tortura”, porque “el Departamento de Justicia insistió en que las técnicas no alcanzaban la definición legal de 'tortura'“.
Sobre la vigilancia, el editorial dice únicamente que el gobierno “usó amplios poderes nuevos para rastrear y vigilar tanto a estadounidenses como a extranjeros”, y que la expansión “claramente fue demasiado lejos”.
El New York Times trabajó sistemáticamente para detener la exposición de la vigilancia masiva sin orden judicial, y se opuso a su publicación. Retuvo la nota de sus propios reporteros sobre las escuchas sin orden judicial de la Agencia de Seguridad Nacional contra estadounidenses, desde antes de la elección de noviembre de 2004 hasta el 16 de diciembre de 2005. El 22 de mayo de 2014, en su reseña de libros dominical, el Times condenó la publicación de la exposición de la criminalidad del gobierno estadounidense por parte de Edward Snowden y el periodista Glenn Greenwald. En la reseña de Michael Kinsley sobre el relato de Greenwald sobre los archivos de la Agencia de Seguridad Nacional filtrados por Snowden en 2013, declaró que la decisión de publicar secretos gubernamentales “debe, en última instancia, tomarla el gobierno... Alguien tiene que decidir, y ese alguien no puede ser Glenn Greenwald”.
La queja central del Times es que las guerras lanzadas bajo la etiqueta de la “guerra contra el terrorismo” no lograron el objetivo estadounidense de dominar Oriente Próximo. “Durante buena parte del período posterior al desastre de la Guerra de Vietnam, Estados Unidos se apegó a sus lecciones”, escribe el consejo editorial del Times. “Ir a la guerra solo con objetivos definidos y alcanzables. Prevenir la 'expansión gradual de la misión'. Sobre todo, ganar”.
En esto, el Times hace eco de la crítica del Partido Demócrata a la guerra de la administración Trump contra Irán. El senador demócrata Gary Peters, de Míchigan, le planteó la misma exigencia al secretario de Guerra, Pete Hegseth, en una audiencia del Comité de Asignaciones del Senado, el 21 de julio: “Usted no tiene una estrategia. No tiene un plan a largo plazo para realmente ganar esta guerra”. Peters le exigió a Hegseth “ganar esta guerra”. Estos “errores” fueron, según Peters, “un fracaso total y completo en ganar esta guerra hasta este punto”.
Las guerras, escribe el consejo editorial del Times, “drenaron recursos que podrían haberse usado para fortalecer al país frente a rivales emergentes”, es decir, China y Rusia, potencias con armamento nuclear, a las que no nombra. Aquí se aclara el propósito del ejercicio. Las “lecciones” que el Times extrae de la “guerra contra el terrorismo” no son lecciones contra la guerra. Son lecciones para crímenes aún mayores.
Por eso el editorial le pide a “Estados Unidos” que “enfrente los errores que cometió”. El pueblo estadounidense no decidió invadir Irak, construir las prisiones secretas de la CIA ni intervenir sus propias comunicaciones. Esas decisiones las tomó una clase dominante, sus dos partidos y su prensa, incluido el Times. Ni uno solo de los funcionarios que ordenaron la tortura, de los editores que publicaron las mentiras o de los políticos que votaron por las guerras ha rendido cuentas. Las mismas personas, y en muchos casos las mismas instituciones, han apoyado el genocidio en Gaza, han agitado durante décadas por la guerra contra Irán, exigen hoy la escalada de la guerra contra Rusia, y preparan la guerra contra China.
No existe una rendición de cuentas por la “guerra contra el terrorismo” que no comience por nombrar a los responsables de ella, ni una lucha contra las guerras venideras que no rompa con los partidos imperialistas demócrata y republicano y con todo el establishment corporativo-financiero, militar y de inteligencia en cuyo nombre habla el New York Times. Esa rendición de cuentas solo puede llevarla a cabo la clase obrera, movilizada de manera independiente y sobre la base de sus propios intereses, en Estados Unidos y a nivel internacional.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 11/09/2026).
